Estaba allí, era ella, después de tanto tiempo. Me quedé inmóvil. Había pensado tanto en ella, en su manera de mirarme, en su sonrisa, en su cuerpo, recordaba todos los momentos que habíamos pasado. Nadie me había echo sentir de esa manera. Tenía muy claro que no era amor, sabía que era mucho más que eso, era algo espiritual. De mirarnos y atravesarnos, de desearnos infinitamente, de conocernos perfectamente. Simplemente con besarme me volvía loca.
Habíamos quedado para cenar, sabíamos que sería la ultima vez que nos íbamos a ver.
Ambas teníamos pareja actualmente. Yo tenía novia de hacía un año más o menos y sinceramente estaba bien con ella, la quería, me quería y me trataba genial.
Pero aún no había encontrado a nadie que me hiciera despertar aquello, que era algo inexplicable, con esa chispa, esa magia que tenia Talia, que era la chica con la que había quedado.
Eran las 21:30, la tenía delante, después de dudar unos segundos, me acerqué y nos abrazamos.
Hacía dos años que no nos veíamos. Volver a sentirla cerca, no quería soltarla, echaba de menos su olor.
Los primeros minutos fueron un poco raros, pero poco a poco era como si el tiempo no hubiese pasado entre las dos. Seguíamos teniendo ese feeling especial que siempre habíamos tenido, me hacía sentir en otro mundo.
Decidimos ir a cenar a un restaurante del paseo marítimo. Nos sentamos en la terraza, se veía el mar, a penas había gente, se oía música de fondo. En la mesa había velitas, era todo perfecto.
Nos trajeron la carta y a los pocos minutos de debatir sobre qué íbamos a pedir, nos tomaron nota.
Se fue el camarero y yo me quedé observándola unos instantes, estaba guapisima.
Ella era morena, con el pelo suelto, rizado más bien. Ojos marrones y una sonrisa preciosa, de hecho fue una de las primeras cosas que me fijé cuando la conocí. Cuando sonreía a mí me enamoraba.
Iba con un jersey de tirantes, morado, descubierto por la espalda enseñando uno de sus tatuajes, con unos leggins negros y por el muslo le hacían dibujos, dejándolo al descubierto y unos zapatos cerrados negros.
Al darse cuenta de que la estaba mirando atentamente, se rió y me dijo que no la mirase así o no respondería. Yo me eché a reír. Ella siempre me decía cosas así y me encantaba que fuese así, directa, divertida.
Podíamos estar riendo toda la noche perfectamente. Estuvimos hablando de todo un poco, de este tiempo sin vernos y demás. Cenamos muy bien, estaba todo riquísimo a parte que allí se estaba muy a gusto.
Decidimos ir a tomar una copa a un pub de por al lado. Mientras pasábamos el rato, las ganas iban aumentando, yo me moría por besarle y volver a sentirla mía. Yo notaba que ella también lo deseaba.
Después de tomar unas copas le propuse de ir a la playa a tumbarnos, ya que la primera vez que nos conocimos fue allí, por la noche.
Fuimos dando un paseo, se veían los barquitos. Al llegar a la arena, yo me tumbé, estaba cansada.
Ella se puso encima de mí y yo me estremecí, solamente estando así. Nos besamos despacio, aprovechando cada beso como si fuese el último, con ganas de más...
Empecé a desnudarle, le quité el jersey y el sujetador. Llevaba uno que me encantaba. Y Dios! Sus tatuajes...
Recorrí sus pechos lentamente con mis labios y mi lengua, mientras metía mi mano en sus leggins, ella gemía en mi boca, entre besos. Hacía tanto tiempo que no sentía su cuerpo, sus caricias, esa sensación que solo ella sabía despertar en mí.
La tumbé en la arena y le quité la ropa que le quedaba, recorrí su cuerpo con mis manos, seguido de mi boca, acariciaba sus tatuajes, que me volvían loca.
Llevé mi boca hasta su sexo, y allí me quedé, viendo como se moría de placer hasta no poder más.
Me cogió y me tumbó, me tocaba muy despacio, me encantaba como lo hacía, como recorría mi cuerpo y bajaba con su lengua.
Estuvimos así hasta que amaneció. Volver a amanecer junto a ella, desnudas y abrazadas. Eso era lo más bonito.